Comienzo el viaje, abro mi vehículo y me encargo de revisar que todo esté en su correcto funcionamiento, uno nunca sabe qué es lo que puede pasar, sé que mi nave impone: el rojo siempre ha sido la elección de los que saben, rojo deportivo es aquel con el que todos en la ciudad me identifican calles antes de llegar donde ellos están parados.

Me siento dueño de la carretera, es mía, somos uno solo, puedo sentir cómo todos se apartan del carril donde yo manejo, pobre de aquél ingenuo que se le ocurra transitar por donde yo quiero pasar, más le vale no haberse levantado ése día. Nadie se entremete en mi camino.

Mi nave es grande, nunca he creído aquello que dicen acerca de la edad y los vehículos grandes, son patrañas, yo sé perfectamente que impongo simplemente por ser quien soy yo, no hay otra razón. Me siento en el asiento del conductor, apenas toco el volante y siento que soy invencible.

La gente me observa al pasar, los tengo embobados, yo lo sé. Es casi como si su vida dependiera de mi llegada… es como un encuentro, una  cita, ellos adoran que pase por donde se encuentran parados, me admiran y se sienten aliviados cuando me ven aproximarme… me adoran.

Manejando, no hay quien me detenga, es casi como si el tráfico no existiera en esta gran ciudad para mí, puedo ver cómo dejo atrás a varios individuos que me miran con coraje cuando me ven avanzar… ansían mi lugar, puedo sentirlo… pero jamás lo tendrán, este lugar es mío y de nadie más.

Me siento inalcanzable… mi trayecto es largo, un poco tedioso, pero llegaré siempre siempre a mi destino.

Llego al final de mi camino, freno casi precipitadamente, oigo el rugido del motor, apago el vehículo y me siento realizado de haber llegado primero, mucho antes que otros individuos que se quedaron muy atrás… soy invencible… soy poderoso, soy insuperable, por mucho, soy:  el conductor del Metrobús.

#SuperenEsoNovatos.

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